De Procesos Constituyentes y otros infiernos

¡¡Feliz año a todos!!

Me hubiera gustado comenzar el año reflexionando sobre cuestiones de grave importancia para el futuro de la humanidad o de España. Al fin y al cabo, comienza un año que se ha convertido, en cierta manera, en un año mítico. Si el “efecto 2000” que iba a apagar todos nuestros ordenadores y que traía implícito el estigma de los años “milenio” en su numeración, convirtió a ese año en destacable o, por ejemplo, si el calendario maya, que alguien entendió equivocadamente como “profecía maya”, consagró el 2012 en la imaginería de los años especiales, el 2015, de igual manera, supone el año en que nuestro país vivirá dos jornadas electorales (municipales/autonómicas y generales). ¡Eso si Mas, en Cataluña, no decide anticipar las autonómicas catalanas!. Es el año, también, en que Obama dejará su cargo, en que descubriremos la verdadera fuerza de Podemos, en el que tiene que llover o la sequía acabará con las escasas reservas de agua de que disponemos. Es el año en el que el paro baja o ya no dejará de subir. El año en que cumplirá un año como rey el Príncipe (perdón, Su Majestad el Rey Felipe VI (del que, por cierto, me perdí el discurso de Navidad). Vamos, un año calentito.

Me gustaría, también, que éste fuera a ser el año en que acabarán las guerras, las pensiones se garanticen “in aeternum”, los desahucios desciendan hasta números irrisorios, la prima de riesgo se vaya a la Costa Brava con mi tía y aprenda a pasárselo tan bien que no nos dé nunca más la tralla (mi tía es un “crack” animando las fiestas) ningún niño pasara hambre y los asesinos de esposas y exnovias, cambiaran de idea justo antes de tener ninguna que implique acoso o violencia. Me temo, sin embargo, que no va a ser.

Pero no me encuentro con ganas de hablar de nada de ello. Algunos temas se me escapan por complejos, otros por no suficientemente madurados y otros, en definitiva, no me apetecen por estar muy vistos.

Así que he pensado hablar de procesos constituyentes. O, mejor dicho, de uno. En España, Podemos propone abrir un proceso constituyente, que viene a ser algo así como romperlo todo y comenzar de cero. Pensar de nuevo el guión, los personajes protagonistas y los diálogos de esta película que llamamos España, sea lo que diantres sea eso. Y ya está abierto otra vez el cofre de Pandora, ya ha venido el infierno, ya cabalgan de nuevo los cuatro del apocalipsis y suenan las trompetas de siete ángeles (que con la corrupción afectando a todos los poderes fácticos deben ser los únicos que queden por ahí arriba).

En pocas palabras: Podemos propone reescribir la Constitución y elegir de nuevo nuestro camino, mientras que desde el resto de partidos se le azuzan los perros y se advierte de lo funesto que sería o, mucho más cautamente, se dice que “ahora no es el momento”, “nuestra Constitución goza de buena salud” o “los españoles tienen otras cosas en que pensar en este momento” porque “hay temas más prioritarios que solucionar”. La impresión que tengo, dicho sea de paso, es que nos van a seguir dando esas “otras cosas” para que nunca “sea el momento” de pensar en refundar los cimientos.

Sinceramente: no sé muy bien si es o no necesario realizar ahora un “proceso constituyente”, pero sí sé que me gustaría poder valorarlo teniendo claros los argumentos de cada postura.

Podemos me las explica y yo puedo intuirlas: me dicen que, ahora que la monarquía está “tocada” en la línea de flotación y su imagen comienza a ser la copia en sepia de esa imagen a todo color que nos ofrecían antes, quizás sea hora de pensar si queremos, o no, continuar siendo una monarquía parlamentaria. Me dicen que el poder judicial depende demasiado del ejecutivo (¿cómo pueden llamarse liberales de verdad los que apoyan este sistema ante la evidencia de la que habla Podemos?), que se debe garantizar realmente la participación ciudadana, el acceso a la vivienda, la dignidad de la gente. Me dicen que ellos quieren la unidad de España pero que la gente debe tener la suficiente capacidad de decidir por sí misma, participativamente, el modelo territorial que desean.  Cosas, algunas, que están ahí, en la Carta Magna, pero que no se cumplen; y otras que deberían estar, pero no figuran.

Puedo estar de acuerdo con ellos o no. O puedo estarlo sólo en algunas cosas. Pero comprendo estas razones con sólo mirar alrededor, donde la mitad de los jueces que juzgan a los políticos corruptos los han designado a dedo los políticos que ahora se sientan en los banquillos (no hablo de fútbol); cuando escucho y leo que los desahucios se han incrementado en España casi un 20% en este año; cuando me entero del nombre de las amantes del abdicado Juan Carlos o veo a la infanta Cristina recorrer el camino de Ginebra a los juzgados como imputada; cuando veo las Diadas catalanas reclamando un referéndum (uno de verdad, digo), cuando la sanidad pública no me paga mi medicamento contra la hepatitis o cuando sospecho que a la Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana (alias “Ley Mordaza”), le cuadra más el nombre de Ley de Protección del Político y el Poder. Son sólo algunas pocas cosas, entiendo (¡no atosiguen!, sólo he echado una mirada ahí fuera, aún no he puesto el pie fuera del portal).

Las razones opuestas, sin embargo, me son más incomprensibles porque sólo me provocan más dudas: “no es el momento” (¿quién lo decide?, ¿cuándo lo será? O, aún mejor, ¿qué condiciones deben darse para que sea el momento?), “la ciudadanía tiene cosas más importantes en qué pensar” (¿qué cosas que no estén relacionadas con la Constitución y el Estado? Defínanme “importancia” ¿es baladí preocuparse por el modelo de Estado, el modelo territorial y porque las leyes garanticen no sólo los derechos fundamentales, sino los mecanismos que los lleven a cumplimiento?), “ahora no toca” (¿cuándo toca?), “la Constitución goza de buena salud” (entonces ¿por qué se ha reformado ya antes?, ¿dónde está el médico que lo ha diagnosticado así?¿cuándo se consideraría que no goza de buena salud?: ¿cuando la monarquía tenga una heredera mujer mientras reina la ley sálica?, ¿cuando crece por días el movimiento republicano?, ¿cuando las garantías de vivienda y trabajo digno no se cumplan? ¿cuando se resquebraje el sistema público de sanidad, pensiones, educación…?¿cuando la economía haya de reestructurarse hasta el punto de camuflar un rescate europeo?¿cuando tiemble la unidad territorial?¿cuando haya más parados sin renta básica o ayuda social?…), “cambiar la Constitución es muy complejo” (¿Sí? ¿no se pusieron de acuerdo en un plazo de dos meses PP y PSOE para cambiar el artículo 135?)

No sé. Tal vez no sea momento para cambiar tantas cosas incambiables, pero me gustaría saber por qué. No me valen los argumentos que se me han dado para negar la oportunidad del momento porque me parecen tan ambiguos como mi horóscopo de hoy en el periódico. No se me dan razones concretas para desengañarme de todo lo que me convencen los de Podemos, ni razones suficientes para apoyar las mías allí donde no estoy de acuerdo con Podemos.

Y, como posdata, otra cosa me preocupa. ¿Por qué pedir la reforma constitucional ahora (y no en 2011) es conjurar las fuerzas del infierno? Y así, en general, ¿Qué les asusta tanto de Podemos? Si ustedes lo observan (y si no es así, me corrigen), la lucha política hace que los partidos se llamen corruptos, ladrones, equivocados, acabados, agotados, demagógicos, populistas… Pero en ningún caso (ni siquiera cuando critican a IU, tan cerca de Podemos en algunas cosas), se asevera con tanta contundencia como lo hacen con Podemos sus rivales, que si llegan a gobernar España irá a la ruina, se hundirá económicamente, seremos poco menos que colombianos hambrientos merodeando las calles, se destruirá todo lo construido hasta ahora, se desgajará España por los Pirineos y se hundirá, cual heroico Titanic, en las aguas del Mediterráneo y el Atlántico mientras en lo más alto del Palo Mayor Pablo Iglesias, brazos en cruz, coleta al aire, chilla enaltecido: “Soy el Primer Ministro del Mundo” (porque lo de Rey del Mundo no lo iba a concebir).

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¡No me vais a fotografiar más!

Los famosos, ya se sabe, algunas veces están al borde de un ataque de nervios. Viven con tanto estrés y tan continuamente expuestos a los periodistas y otra gente de mal vivir… ¡Los pobres! Es normal que, de tanto en tanto, pierdan los estribos y manden a la mierda al paparazzi de turno que se pasa la vida violando su intimidad o que la ira (siempre justificadísima y momentánea) les lleve a estrellar alguna que otra cámara contra el suelo al grito de ¡NO ME VAIS A GRABAR MÁS!. Preguntémonos qué haríamos nosotros en esos casos, cuando no puedes salir de casa sin encontrarte una cámara o ir a inaugurar un aeropuerto peatonal sin que te puedas librar de los insidiosos periodistas. Eso no está pagado ni aunque tu amigo Antonio, el del Bar Cenas, te guarde en un sobrecito, cinco veces el gordo de la Navidad.

Nosotros, seres sin corazón, les exigimos demasiado.

Tal vez sea por eso que los Servicios Centrales de Prisiones, recibiendo órdenes más altas y más caritativas que las que emanan del insensible populacho en su irredento afán de que reyes y labriegos sean tratados por igual, ha decidido suprimir las fotos de las fichas de prisión de Isabel Pantoja y de Carlos Fabra. La primera llegó a hacerse, pero no figura, la segunda, la del insuperable  ex-presidente y mejor abuelo, se disparó directamente al suelo, como si se le hubiera perdonado la vida en una moderna revisión del cuento de Blancanieves, donde el fotógrafo es el cazador y Fabra la inocente Princesita Disney. Eso es lo que figura en su lugar. La foto de un ladrillo.

Dicen en prisiones que se ha hecho esto (leemos nosotros, se ha incumplido adrede La Ley Orgánica de Prisiones y la circular 5/2007), por miedo a las filtraciones a esos indeseables buitres de la prensa (los calificativos son nuestros). Todo aclarado. Podemos descansar ahora. Alguien con corazón ha decidido, en estas fecha tan entrañables, que diría el Rey Papá, incumplir una ley, sí, cometer prevaricación, sí, violar el derecho que ampara la constitución de que todos (salvo el Rey) seamos iguales ante la ley, sí, pero todo por la noble y caritativa causa de salvar a dos condenados del escarnio público.

Es justo esto lo que me hace sentirme orgulloso de esta madurez democrática que tiene mi país. ¡Benditos sean!

Monago y los niños

A veces viene bien la reflexión tranquila de un blog que no tiene Dead line como dicen los angloparlantes, que no tiene fecha de entrega, vaya. Así, se puede hablar de lo ocurrido con más reposo y con las ideas más maduras y, sobre todo, habiendo visto ya las reacciones a la noticia. Es el caso.

¿A quién puede molestar que un senador viaje, por motivos propios de su cargo, a cualquier punto del país donde le reclame el servicio al ciudadano? A mí, al menos, no. ¿Quién no aplaudiría que un político que haya cometido algún “error” o mal cálculo, no sé bien. devuelva el dinero público que empleó para un fin personal? Todos deberíamos apoyar el gesto. Y ¿qué ciudadano no se sentiría orgulloso de que un alto cargo público, por ejemplo, todo un presidente de una Autonomía, no sea un adalid abanderado contra la corrupción moral y económica de su propio partido y azote de la falta de ética en la política en general? Todos lo estaríamos.

Y, entonces… ¿qué pasa con Monago? ¡Ay; Monago no me encaja!

 

Busquemos las cinco diferencias.

Primera: los viajes de Monago no fueron por motivos propios de su cargo sino para visitar a su novia, tal y como ella misma reconoció.

Segunda: Ni siquiera, aunque no fueran por motivos propios del cargo, aprovechó para realizar ningún servicio al ciudadano, sino sólo, tal vez, a una ciudadana o a sí mismo.

Tercera: la devolución del dinero no se hace motu proprio, por coherencia moral y reconocimiento del error, sino porque los medios han descubierto el “pastel” y se busca una salida digna o, al menos, no muy incómoda, olvidando que, con anterioridad, había justificado esos viajes. En otras palabras: no hay arrepentimiento ni “descubrimiento” de que se ha estado cometiendo, sin saberlo, un acto poco ético (que no ilegal, lo reconocemos, aunque en eso entraremos luego), sino que, pensando que hacía igual de bien que los demás que también lo hacen, se ha visto sorprendido por esos malditos e intrigantes periodistas, siempre tan molestos ellos, y recriminado por el vulgo, tan vulgar él (el vulgo, claro). Es decir, no hay voluntad ética, sino sólo lavado de imagen. ¿Se entiende ahora?

Cuarta: Se da la circunstancia de que, además, no se trataba de un “error” o un “mal cálculo” –amén del derivado de esperar que no le cogieran nunca con el carrito del helado, claro-. Se trata de un acto deliberado y que sabía, perfectamente, que realizaba con el dinero de todos.

Quinta: Monago ha sido un adalid de la transparencia, sí, pero mientras a sus espaldas escondía que abusaba del dinero público, como aquellos a los que señalaba con el dedo. ¡Eso está muy feo, señor Monago!

 

No me escandaliza Monago, sin embargo, lo suficiente como para dedicarle un artículo de este blog. Apenas sí es comparable a las tramas Gürtel, ERE de Andalucía, cursos de formación de los sindicatos, Brugal, Púnica, Enredadera… Sin embargo, sí merece la pena, en opinión de este escribiente, considerar lo que se ha derivado de esta noticia, desvelada (una vez más), no por los compañeros de Morago, sea en su partido o frente a él, sino por la prensa.

Me refiero a que gracias a la imprudencia del señor Monago, hemos sabido todos que hay más cosas de las que ya conocíamos, que se hacen sin ningún control, con nuestro dinero, el dinero público. Como, por ejemplo, viajar para ver a una novia. ¡Un, dos, tres, responda Vd. otra vez!

Da envidia (de la mala, que la sana no creo que exista), conocer cómo funcionan democracias como la sueca o la noruega, donde todo lo que se hace con el dinero público queda fiscalizado y puede ser consultado, por cualquier ciudadano que lo solicite, recibiendo esa información en un periodo de tiempo mínimo. Aquí, se nos explica… o, mejor, se justifica, que los viajes de Morago y de cualquier otro parlamentario, no quedan registrados. No hay control alguno sobre ellos. Que es algo así como una tradición, como el toro de la Vega (también muy poco reprobable), que nuestros parlamentarios ya no son unos niños a los que haya que corregir, educar, reconvenir como Serrat: “eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca”. Sin embargo, ellos, como en la canción, siguen “jodiendo con la pelota”.

Es inconcebible que, a estas alturas de democracia, quede sin control un dinero que se destina a un servidor público. ¿Habrá que volverlo a decir más alto? SERVIDOR público. Un dinero de todos, de usted y mío, no “de nadie”, como afirmaba otra diputada.

No se trata, pues, de desconfiar de nadie ni de salpicar a terceros con la corrupción de los que ya son corruptos manifiestos, por mucho que nos tiente la “experiencia acumulada”. Se trata de que, bien a las claras, parece que nuestras instituciones desconfían de los ciudadanos, de su control. Siguen pensando que son ellos los que gobiernan y que, por ende, no nos tienen que dar cuentas de lo que hacen, ni del dinero (nuestro) que se gastan. Se molestan cuando les llamamos la atención y les recordamos que son asalariados de la ciudadanía y se burlan de quienes les pagan (nosotros) cuando nos toman, ellos sí a nosotros, por niños impertinentes que no se cansan de preguntar “¿y por qué?”. Se trata de que todas las democracias avanzadas entienden que “lo público” no es el cortijo de ningún gobernante y que el control que se ejerce sobre ello no es fruto de la desconfianza, sino de la transparencia, una cualidad que, a mi modo de ver, está indisolublemente ligada a la democracia y que debería haber nacido al mismo tiempo que las instituciones y no casi cuarenta años después.

¡Pero claro! Estos niños del Congreso, del Senado y de otros parlamentos españoles, aún no han crecido. Son ellos los que balbucean, todavía, con más desacierto que otra cosa, palabras como “Papá Estado” o “Mamá Europa”. ¡Cuánto más desacierto no tendrán cuando, en un acto de intrepidez, intentan pronunciar términos más complejos y algunas con más sílabas, como “transparencia”, “democracia” o “política”. Y no digo nada si, encima, queremos que conjuguen latín, por ejemplo, “res publica”.

¡si es que les pedimos demasiado!