Monago y los niños

MonagoA veces viene bien la reflexión tranquila de un blog que no tiene Dead line como dicen los angloparlantes, que no tiene fecha de entrega, vaya. Así, se puede hablar de lo ocurrido con más reposo y con las ideas más maduras y, sobre todo, habiendo visto ya las reacciones a la noticia. Es el caso.

¿A quién puede molestar que un senador viaje, por motivos propios de su cargo, a cualquier punto del país donde le reclame el servicio al ciudadano? A mí, al menos, no. ¿Quién no aplaudiría que un político que haya cometido algún “error” o mal cálculo, no sé bien. devuelva el dinero público que empleó para un fin personal? Todos deberíamos apoyar el gesto. Y ¿qué ciudadano no se sentiría orgulloso de que un alto cargo público, por ejemplo, todo un presidente de una Autonomía, no sea un adalid abanderado contra la corrupción moral y económica de su propio partido y azote de la falta de ética en la política en general? Todos lo estaríamos.

Y, entonces… ¿qué pasa con Monago? ¡Ay; Monago no me encaja!

 

Busquemos las cinco diferencias.

Primera: los viajes de Monago no fueron por motivos propios de su cargo sino para visitar a su novia, tal y como ella misma reconoció.

Segunda: Ni siquiera, aunque no fueran por motivos propios del cargo, aprovechó para realizar ningún servicio al ciudadano, sino sólo, tal vez, a una ciudadana o a sí mismo.

Tercera: la devolución del dinero no se hace motu proprio, por coherencia moral y reconocimiento del error, sino porque los medios han descubierto el “pastel” y se busca una salida digna o, al menos, no muy incómoda, olvidando que, con anterioridad, había justificado esos viajes. En otras palabras: no hay arrepentimiento ni “descubrimiento” de que se ha estado cometiendo, sin saberlo, un acto poco ético (que no ilegal, lo reconocemos, aunque en eso entraremos luego), sino que, pensando que hacía igual de bien que los demás que también lo hacen, se ha visto sorprendido por esos malditos e intrigantes periodistas, siempre tan molestos ellos, y recriminado por el vulgo, tan vulgar él (el vulgo, claro). Es decir, no hay voluntad ética, sino sólo lavado de imagen. ¿Se entiende ahora?

Cuarta: Se da la circunstancia de que, además, no se trataba de un “error” o un “mal cálculo” –amén del derivado de esperar que no le cogieran nunca con el carrito del helado, claro-. Se trata de un acto deliberado y que sabía, perfectamente, que realizaba con el dinero de todos.

Quinta: Monago ha sido un adalid de la transparencia, sí, pero mientras a sus espaldas escondía que abusaba del dinero público, como aquellos a los que señalaba con el dedo. ¡Eso está muy feo, señor Monago!

 

No me escandaliza Monago, sin embargo, lo suficiente como para dedicarle un artículo de este blog. Apenas sí es comparable a las tramas Gürtel, ERE de Andalucía, cursos de formación de los sindicatos, Brugal, Púnica, Enredadera… Sin embargo, sí merece la pena, en opinión de este escribiente, considerar lo que se ha derivado de esta noticia, desvelada (una vez más), no por los compañeros de Morago, sea en su partido o frente a él, sino por la prensa.

Me refiero a que gracias a la imprudencia del señor Monago, hemos sabido todos que hay más cosas de las que ya conocíamos, que se hacen sin ningún control, con nuestro dinero, el dinero público. Como, por ejemplo, viajar para ver a una novia. ¡Un, dos, tres, responda Vd. otra vez!

Da envidia (de la mala, que la sana no creo que exista), conocer cómo funcionan democracias como la sueca o la noruega, donde todo lo que se hace con el dinero público queda fiscalizado y puede ser consultado, por cualquier ciudadano que lo solicite, recibiendo esa información en un periodo de tiempo mínimo. Aquí, se nos explica… o, mejor, se justifica, que los viajes de Morago y de cualquier otro parlamentario, no quedan registrados. No hay control alguno sobre ellos. Que es algo así como una tradición, como el toro de la Vega (también muy poco reprobable), que nuestros parlamentarios ya no son unos niños a los que haya que corregir, educar, reconvenir como Serrat: “eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca”. Sin embargo, ellos, como en la canción, siguen “jodiendo con la pelota”.

Es inconcebible que, a estas alturas de democracia, quede sin control un dinero que se destina a un servidor público. ¿Habrá que volverlo a decir más alto? SERVIDOR público. Un dinero de todos, de usted y mío, no “de nadie”, como afirmaba otra diputada.

No se trata, pues, de desconfiar de nadie ni de salpicar a terceros con la corrupción de los que ya son corruptos manifiestos, por mucho que nos tiente la “experiencia acumulada”. Se trata de que, bien a las claras, parece que nuestras instituciones desconfían de los ciudadanos, de su control. Siguen pensando que son ellos los que gobiernan y que, por ende, no nos tienen que dar cuentas de lo que hacen, ni del dinero (nuestro) que se gastan. Se molestan cuando les llamamos la atención y les recordamos que son asalariados de la ciudadanía y se burlan de quienes les pagan (nosotros) cuando nos toman, ellos sí a nosotros, por niños impertinentes que no se cansan de preguntar “¿y por qué?”. Se trata de que todas las democracias avanzadas entienden que “lo público” no es el cortijo de ningún gobernante y que el control que se ejerce sobre ello no es fruto de la desconfianza, sino de la transparencia, una cualidad que, a mi modo de ver, está indisolublemente ligada a la democracia y que debería haber nacido al mismo tiempo que las instituciones y no casi cuarenta años después.

¡Pero claro! Estos niños del Congreso, del Senado y de otros parlamentos españoles, aún no han crecido. Son ellos los que balbucean, todavía, con más desacierto que otra cosa, palabras como “Papá Estado” o “Mamá Europa”. ¡Cuánto más desacierto no tendrán cuando, en un acto de intrepidez, intentan pronunciar términos más complejos y algunas con más sílabas, como “transparencia”, “democracia” o “política”. Y no digo nada si, encima, queremos que conjuguen latín, por ejemplo, “res publica”.

¡si es que les pedimos demasiado!

 

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La risa es sana (o no)

(22/10/2014).- AGS
risaAndaba yo escuchando, en mala hora, el boletín de noticias de esta mañana en una emisora que no viene al caso. Las noticias parecían sacadas de una mala sit-comedy americana. ¿Era creíble lo que escuchaban mis oídos?. Al parecer, la Consellera de Educación de la Generalitat Valenciana, María José Català, se ha declarado incompetente en la gestión de becas, comedor escolar y calendario lectivo. No se asusten, no ha confesado su ineptitud para bregar con ninguna de éstas áreas, sólo se refería a que, entre sus funciones, no se incluyen las de gestionar esos asuntos (http://goo.gl/EXGARl). Y así lo ha hecho saber la Dirección General de Innovación de Política Lingüística, mediante un informe con la firma digitalizada de Catalá, al Síndic de Greuges (o Síndico de Agravios, para los castellanohablantes), que le trasladaba las quejas de la comunidad docente en diversos aspectos del inicio del curso, tales como los que se mencionan. Echar balones fuera y sacudirse responsabilidades es lo que más les gusta a estos políticos que nos gobiernan hoy, por lo que puede verse.
No me inquieta, sin embargo, lo más mínimo, después de haber escuchado otra cosa en el mismo informativo. Se trata de la carcajada y las risotadas escépticas y burlescas que dedicaron los Diputados del Partido Popular al nuevo líder socialista, Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados cuando, durante el debate sobre los presupuestos para 2015, mencionó la pobreza infantil.
La risa, la carcajada, incluso, es sin duda saludable las más de las ocasiones y tal vez deberían practicarla más Sus Señorías. Pero el PP, que parece equivocarlo todo y mucho más a menudo de lo que nos gustaría, equivocó, otra vez, el momento.
Combatir-la-pobrezael-consejo-que-la-Cepal-le-da-a-México-para-lograrlo

¿De qué se ríen los Diputados del PP?. No era, sospecho, de lo mal que le quedaba la chaqueta al líder socialista ni de lo poco que combinaba con ella la corbata. El primer impacto ya había pasado y tampoco creo que fuera para tanto. Entonces ¿acaso se reían del contenido de su mensaje? ¿Es risible para estos señores (llamémosles así), que un político se preocupe por el hambre de los niños? O, lo que sería peor aún: ¿les resulta divertido que existan niños pobres y por eso lo celebran con algarabía y aspaviento?
Que alguien ría porque un político se preocupe por la infancia es execrable. Que ría porque un niño pasa hambre es propio de una mente sádica a la que produce regocijo la desgracia ajena, o de un psicópata, que carece de una empatía que, los últimos estudios, prueban que tienen hasta los primates no racionales. Que, además, quien ríe sea otro político, cuyo deber es, precisamente, proteger del hambre y de la pobreza a las familias es, sencillamente, demencial. La imagen ofrecida ayer en el parlamento por los miembros del PP (y si hubo algún otro político de otras siglas, por favor considérese citado) me produce rabia, desprecio, antipatía y humillación. Me ofende y me hiere como ciudadano y como persona y me provoca un profundo sentimiento de impotencia por no poder desalojar a estos mercaderes del templo de la Política, con mayúscula.
Tal vez crean que no hay ya, en España, niños que pasan hambre. Si es así, les invito a leer (les aseguro que el ejercicio intelectual no va a desecar más sus cerebros, no se preocupen, señores diputados, que eso son mitos cervantinos), el último Informe de Cáritas Europa, de finales de marzo de 2014, en el que se asegura que España es el segundo país de la Unión Europea (UE) con el mayor índice de pobreza infantil, superado solo por Rumanía. Dice, también, que en España, el riesgo de pobreza entre los niños menores de 18 años se situó en 2012 en el 29,9%, casi nueve puntos por encima de la media de la UE. Asegura que, en apenas dos años, entre 2011 a 2012, la tasa de pobreza en este sector de población aumentó del 15,6% al 19,4% ( http://goo.gl/IJUJ6M )
Pienso, y se me revuelve el estómago, que a estos mequetrefes que manejan el poder que les dejamos en prenda (no lo olvidemos, en democracia el poder es del pueblo, aunque ahora alguien me llamará demagogo), les estamos pagando un sueldo varias veces el de usted, y el mío, para que se mofen de nosotros y de cuantos niños o adultos están sufriendo la situación de crisis que sus “mercados” han fomentado. Les piden soluciones y se ríen. Le hablan de pobreza y a ellos, con sus buches llenos de manjares y opulencia previos a un café de ochenta céntimos en el bar del Congreso, les entra la risa.

¡Ande yo caliente!, que dijo Góngora.