Trump y Rajoy en la balanza

Por Antonio García Sancho (09/11/2016)

indiceEn inglés, “Trump” quiere decir “triunfo”, “victoria”. Un significado perfecto para, pongamos, un magnate de los negocios o un aspirante a la presidencia de los Estados Unidos de América. Además del sustantivo también existe el verbo “to trump” (“vencer”, “triunfar”). En inglés también, “tramp” es la palabra para “trampa”. Entre “trump” y “tramp”, fonéticamente, apenas hay una pequeña diferencia y, para alguien no muy avezado en el idioma anglosajón, prácticamente suenan de manera idéntica. Ningún juego de palabras podría resumir mejor que este capricho real del lenguaje la situación en la que los americanos de los Estado Unidos han dejado al mundo entero.

Donald J. Trump es, ya, el cuadragésimo quinto presidente electo de los USA. Que a un negro le sucediera en la residencia presidencial norteamericana una mujer no podía ser más que un “bonito” espejismo (y usamos comillas porque tenemos también reparos acerca de lo “bonito” que sería un mandato de Hillary Clinton).

Los norteamericanos (permítanme insistir en esta denominación y no en la de “americanos”, simplemente, como si no hubiera más) han elegido libre y democráticamente. Y eso son valores que tenemos que respetar sin duda alguna, porque son deseables y queridos por todos. [Atentos ahora, porque aquí viene lo políticamente incorrecto] Pero nadie dijo que la democracia fuera perfecta.

El pueblo, en una democracia, es efectivamente soberano, lo que, a menudo, se confunde con “infalible”, pero no es igual. Los políticos que afirman que “el pueblo no se equivoca nunca” son sólo unos aduladores y suelen decirlo cuando son ellos los encumbrados al poder. Pero no les asiste la razón. El pueblo elige a sus dirigentes y su palabra (insisto, en el marco de elecciones libres, que no siempre es así), es la ley, como cantaba el viejo rodeo. Pero la ley es sólo una convención entre las comunidades y no es –como se prueba demasiado a menudo-necesariamente justa. Sin duda, la democracia que pensaron los griegos no era ésta.

Aunque, bien pensado, a Trump podría gustarle mucho la democracia griega clásica, sobre todo por sus límites: no podían votar la clase trabajadora (¡Ah, no! eran los esclavos), los inmigrantes (¡perdón!, los extranjeros) ni las ciudadanas (¡Ups! Otro lapsus: las mujeres).

img_4787Los norteamericanos han escogido entre dos opciones y, fuera lo que fuera lo que ofrecía la otra (no nos extenderemos aquí en ello, pero principalmente la continuidad de un modelo que no ha salvado de la precariedad a muchos americanos, el recuerdo de un presidente más recordado por su affaire con su becaria que por su aportación a la historia, etc.), ellos han elegido tener un dirigente que es un probado machista, un xenófobo que acusa a los inmigrantes de ser todos unos delincuentes, un multimillonario que se precia de no pagar impuestos y un sujeto al que defiende a ultranza la Asociación del Rifle y el Ku-Klux-Klan, sin duda dos respetabilísimas instituciones de esa tan libre y segura nación.

Los americanos, pues, han elegido tener en la Casa Blanca a un personaje que dice que traerá la seguridad a las calles (y que permitirá que cada estadounidense lleve un arma en la cintura, como en el Legendario Oeste, tal vez en una honorable recuperación de la historia y la tradición patria), a un hombre que asegura que dará trabajo a los parados (mientras él explota a sus trabajadores y, especialmente, a sus trabajadoras, a las que paga un 30% menos de sueldo que a los empleados varones), que será el presidente “de todos los americanos” (aquí da por excluidos a los “latinos” –que son todos delincuentes- y a los que nunca llama americanos aunque también lo son). De todos los americanos, dijo. ¿De todos?¿como las minorías negras, o latinas que no se han volcado con Clinton como sí lo hicieron con Obama?, ¿de los norteamericanos seguidores de la religión del Islam, a los que Trump pretende hacer pasar un test ideológico y llevar un registro de los que vivan en el país (¿no recuerda eso a cierto método que usaba una estrella amarilla para marcar a no sé quién en no sé que país europeo?)?, ¿de los pacifistas, cuando el propio Trump confundió una pancarta con un arma (¿he dicho confundió?) en uno de sus mítines? (si es que no fue todo un montaje, como parece si se ven con ojo crítico las imágenes). ¿también de los niños, aunque esté acusado él mismo de violar a una menor, juicio que tiene pendiente?

Ahora llega el momento de analizar por qué la sociedad norteamericana, que verá estos cuatro años, sin duda, oprimida a sus trabajadores, expulsados a sus inmigrantes, contaminados sus cielos al albur de las necesidades de las multinacionales, incrementadas las acciones intervencionistas y militares de su país, despreciados a los negros y los asiáticos, criticados a los judíos, minusvaloradas o vejadas a las mujeres o enfrentados cristianos e islamistas, ha preferido que su dirigente favorezca todo esto antes que luchar por prevenirlo.

Pero cuidado. No podemos arrogarnos, en ese análisis, la posición de jueces moralmente superiores que distinguimos, como un demiurgo responsable, los demonios de los héroes sólo con mirarlos a los ojos. Al menos aquí, en España, aquí no.

Porque entonces tendríamos que invertir, al menos, las mismas energías, en explicar por qué hemos preferido, en nuestro propio país, antes que cualquier otra alternativa, incluso negando como “imposibles” las que eran sólo “difícilmente imaginables” (seamos rigurosos), el gobierno de Mariano Rajoy.

1456426604_182164_1456426647_noticia_normalUn presidente que, en los años que ya ha gobernado, ha incumplido sistemáticamente el programa electoral con el que concurrió a elecciones, que ha aprobado una reforma laboral que ha hundido las economías de la clase media (no digamos de las bajas), que ha subido los impuestos pero ha recortado los servicios o los ha privatizado, que ha elaborado una ley para evitar que el pueblo se manifieste o proteste como le venga en gana siempre que no viole el código penal, que ha sido incapaz de afrontar con diálogo y diplomacia el avance del independentismo catalán y cuyos ministros (por ir acabando) y otros dirigentes destacados se han sentado en el banquillo de los tribunales más que en la bancada del Congreso (por dos motivos: porque en los plenos ordinarios el Congreso parece un cine donde dan una película checoslovaca y por las numerosas veces que han sido citados por los jueces). Más aún: que el propio partido ha sido financiado ilegalmente (supuestamente, claro).

En otras palabras, por si no se me ha entendido. El “mal de Trump” no es exclusivo de los norteamericanos. Y si les pedimos cuentas primero deberíamos explicar por qué nosotros preferimos a un gobernante que nos engaña, que escupe sobre la dignidad de nuestro trabajo, que nos sangra como el rey Juan a los británicos de la época de Robin Hood mientras dinamita el estado de bienestar y nos intenta convencer de que somos nosotros los que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, que quiere amordazar a los disidentes, incluso por haber publicado un tweet en las redes sociales, mientras critica los modales de Maduro en Venezuela, que da la espalda a los problemas de política territorial (y el plasma a los periodistas) y prefiere enterrar la cabeza en Madrid como los avestruces, que alienta y se rodea de delincuentes inmorales con tarjetas black que viven, éstos sí, muy por encima de nuestras posibilidades y que o ignora o conoce (peca igualmente, sea por incompetencia o por connivencia), que su partido, su campaña y su cargo se financian con dinero ilegal, off shore o directamente negro como el alma de Caín, por mucho que se entregue en sobrecitos de blanco impoluto, sostenidos por manos con puñetas vestidas con gemelos.

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