La fábula del Pequeño Nicolás

31 de Octubre de 2014

 

Localidad de L’Alfàs del Pi, en el Día Nacional de Noruega. El entonces presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, visitaba el municipio para presidir un evento, en una emblemática plaza, junto con el Primer Ministro noruego (de éste, discúlpenme, no recuerdo el nombre), ante la nutrida comunidad de noruegos que viven en esa localidad.

Como periodista acreditado, llego temprano, me dirijo hacia el lugar donde me recibe el personal de seguridad que, con profesional meticulosidad, revisan la bolsa en la que llevo la grabadora y el micrófono, me pasan un detector de metales por el cuerpo y, libre de sospechas, me entregan mi credencial. Otros compañeros entraron cuando yo salían a sufrir el mismo ritual.

Mi sorpresa vino cuando, al llegar junto a la tarima destinada a los medios de comunicación, en la plaza veo, con asombro, las mochilas de mis compañeros apoyadas, sin haber pasado por revisión alguna, en los trípodes de las cámaras de televisión que cubrían el asunto. Justo frente a un pasillo que daba acceso directo al estrado donde, minutos después, estarían los mandamases. Me pregunté, entonces, y sigo haciéndolo ahora, qué garantías reales tenía el Presidente Zapatero de que, cualquiera, dejase convenientemente su mochila junto a las nuestras y luego, bajo la mirada tranquila de sus escoltas, haciéndose pasar, pongamos, por fotógrafo, acercarse lo suficiente a los dirigentes políticos como para perpetrar un atentado. Afortunadamente, no ocurrió.

Viene esta anécdota (gracias por la paciencia), a colación de lo ocurrido, mucho más recientemente, con “el pequeño Nicolás”, sobrenombre de cuento infantil que no indica, bien a las claras, lo preocupante del fondo de la cuestión.

El Pequeño Nicolás entró en la guarida de los lobos pero, en lugar de devorarle, se acercaron mansamente a comer de sus manos, a seguirle y guardarle las espaldas, esperando que les condujera, cual nuevo macho alfa de la manada, a escalafones de mayor éxito (quiero decir, dinero), a manadas con mayor fuste (quiero decir, con más comisiones disponibles) y a lobos de mayor prestigio (quiero decir, mejor colocados). Y tanto anduvo el Pequeño Nicolás entre los lobos, que un día descubrieron que no era uno de ellos y, unos, escandalizados, le arrojaron de su boca como al agua tibia (bíblicos ellos), otros le negaron tres veces y hasta cuatro si fue necesario, diciendo no conocerle y el Pequeño Nicolás, de repente abandonado y solo, fue apresado por los tramperos y alejado de la cueva de los lobos.

 

A mi modo de ver, más que preguntarnos, que también, si este nuevo Fantomas sin máscara, maestro del “cuento largo” (como dicen en su jerga los timadores) y nuevo pícaro insigne, tenía padrinos que le hubieran permitido acceso fácil a tanto evento del PP y la Corte Real o todo se debió a su inteligencia de fabulador con carisma, debemos preguntarnos qué falla en el sistema de seguridad de los dirigentes políticos de nuestro país como para que “cualquiera” pueda acercarse tanto a poco que se lo trabaje y tenga las intenciones que tenga.

No estamos, pues, ante una anécdota más o menos divertida, como quieren hacer ver algunos, ni ante un desdichado error puntual. No es “sólo” una muestra más de nuestra idiosincrasia de charanga y pandereta, ni un esperpento que deba quedarse en alimento fugaz de los medios, ansiosos de algo de color y aburridos de tanta corruptela y tanta crisis. Estamos, más allá de todo eso –insisto, que también-, ante un fracaso de las fuerzas de inteligencia de este país que han probado que, con un poco de simpatía, fachada y descaro, hasta un niño puede burlarles.

Y una cosa más, que sí he escuchado en algún lado. La “fábula del Pequeño Nicolás” tiene, como todas las fábulas, su moraleja. Y es que seguimos siendo ese país, de “¡agua va!” y honras hacia afuera y gentes que pretenden medrar “arrimándose a los ricos”, como el joven Lázaro. Ese país, que ya éramos en el siglo que llamamos “de Oro”, aunque entonces, como ahora, el oro lo veíamos pasar, si lo veíamos, el vasallo era fiel a su señor, mientras le llenase el estómago, las revueltas se aplacaban con fuerza militar y las intrigas se tejían siempre al margen de la ley, en los pasillos de palacio, con el beneplácito de los poderosos.

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