RAJOY (Funcionario Primero) y ANNA HARENDT

 

     Quedé ayer sorprendido y molesto (por no decir verdaderamente enfurecido), al escuchar unas declaraciones de Mariano Rajoy, a la sazón presidente de gobierno español, sobre el muro que Donald Trump pretende erigir en la frontera de México. De ello voy a hablar, pero permítaseme un circunloquio.
 
         BANALIDAD DEL MAL
      Hanna Arendt escribió una obra sobre Adolf Eichmann que ha tenido una fuerte influencia en la filosofía y la ética posterior, tanto para secundar sus tesis como para criticarlas. En su obra, aduce que Eichmann, uno de los ejecutores más crueles del Holocausto, sólo obró como “funcionario”, banalizando la maldad de tan infames asesinatos. Eichmann no estaba libre de culpa, pero no era el malvado y frío asesino sin escrúpulos que todos creían. Arendt defendía que era un ciudadano normal, como usted y como yo y que, en su percepción, defendía Arendt, no era responsable de la mascre porque obedecía órdenes de sus superiores.
      adolf-eichmannPara Arendt, Eichmann no era un psicópata despiadado. Era un hombre vulgar, tan mediocre que su propia normalidad le había llevado a no cuestionar y, mucho menos desobedecer, las órdenes que se le daban. La actitud de Eichmann era la de banalizar el mal que provocaba, convertirla en algo tan natural que no podía interpretar como perverso.
Lo que Arendt venía a sostener es que cualquiera de nosotros, “obedeciendo órdenes”, por no cuestionar una orden, el sistema, la manera en que suceden o son las cosas en el estado actual de las mismas, podemos no sentirnos responsables de actos que sabemos malvados y llegarnos a creer que no podemos hacer otra cosa, que sólo podemos obedecer, que no podemos decidir ni podemos intervenir. “Banalizar” el mal significa asumir que sólo somos el brazo ejecutor, sin voluntad, de otros y despersonalizarnos hasta el punto de no sentir responsabilidad alguna en las cosas que pasan por nuestras manos porque “las cosas son así”.
 
      DECLARACIONES DE RAJOY
      Vuelvo a Rajoy. Le escucho decir, sobre ese muro, que a él no le gustan “los vetos ni las fronteras” y que no cree que las cosas, en el futuro, “caminen en esa direccción”. Estas declaraciones (que como observó la SER pueden valer para el muro, para Cataluña o para la erección del muro de Berlín o la Muralla China) han sido repetidas hasta la saciedad por los medios y llaman tanto la atención, por lo tibias y porque vienen del presidente que ha instalado vallas “antitrepas” en la frontera con Melilla y ha favorecido la devolución “en caliente”.
      Sin embargo, para mí lo verdaderamente indignante (sin menoscabo de lo indigno que resulta lo anterior) fue lo que siguió. Palabras que redondeaban la idea de Rajoy sobre el muro y que, a mi modo de ver eran más reveladoras de la verdadera naturaleza de “funcionario” de Rajoy. La frase del presidente continuaba: “Así que espero que en el futuro esto se arregle y nos instalemos todos en una situación de normalidad”.
 
      EL FUNCIONARIO RAJOY
      Rajoy vuelve a hacer lo que mejor se le da (y no con mal resultado), sentarse en la puerta de casa a ver pasar las nubes o el cadáver del enemigo, según se quiera ver. El Funcionario Primero del gobierno español (apeémosle ya de una vez y para siempre el término de Presidente, puesto que parece que para él es algo nominal y no una función a ejercer), el Funcionario Primero, digo, piensa actuar con este tema como ha hecho siempre: mirando hacia otro lado. Va a “esperar” (sin mover un dedo, sin ser proactivo en ninguna manera), a que esto “se” arregle. Y ese “se” es tan gramaticalmente impersonal, como banalizador del sentido ético. El Funcionario Primero no va a reclamar dignidad para los mexicanos, para los latinos, para quienes tanta relación tienen con los españoles, de los que es gobernante. El Funcionario Primero no va a decirle a Trump que construir muros y poner obstáculos al tránsito de personas libres y no merecedoras de ser tratadas como delincuentes es de ser un dictador, un antidemócrata, un personaje perverso y un patán. El Funcionario Primero no va a promover ninguna acción de gobierno, ningún comunicado, ninguna reunión de ministros o de portavoces políticos para adoptar una postura de Estado. El Funcionario Primero va a sentarse y esperar a que “el tiempo lo cure” a que (sin intervención alguna) esto “se arregle”, y todo vuelva “a la normalidad”. El Funcionario Rajoy va a ser, de nuevo, un actor secundario, menos aún: un figurante en la escena mundial. Se sentará, se fumará un puro y esperará, porque no debemos estar pagándole para que trabaje, para que tome decisiones, para que gobierne.
 
      LA BANALIDAD DE RAJOY
      rajoy-funcionarioLa actitud de Rajoy es la misma de Eischmann, aunque su obra sea menos delictiva o menos perversa. Eischmann consideraba que él debía obedecer órdenes, cruzarse de brazos y sólo moverse para apretar la válvula del gas. Él no pintaba nada, era un mero funcionario sin responsabilidad en un drama que le venía grande. El mal que por ello pudiera devenir, nunca sería responsabilidad suya. Cualquiera en su posición, haría lo mismo, porque él no era nadie. Nadie importante, nadie para protestar, para incumplir, o para decidir.
Rajoy es Eischmann: un funcionario que no parece creerse nadie para decidir, nadie para protestar, nadie para incumplir o tratar de hacer cumplir. Si un gobernante de rango superior, como debe sentir Rajoy que lo es el presidente de los Estados Unidos de América, dice blanco, será blanco; si negro, negro, si muro, muro. ¿Quién es él para contrariarle?¿Quién es él para ponerse al lado de los hispanos?¿Qué puede hacer más que obedecer, cuadrarse, inclinarse y decir “Amén”? El mal que de ello pueda derivarse no será responsabilidad suya -debe pensar Rajoy-. Cualquier otro en su lugar haría lo mismo. No hay dignidad en ser un funcionario -cree Rajoy-, ni siquiera en el Funcionario Primero´. Sólo banalidad.
 
      Y sin embargo, yo sigo pensando, llámenme idealista, ingenuo o, sencillamente idiota, que cualquiera (con un poco de amor propio) se indignaría ante el atropello a los derechos humanos por los que aboga Trump, a su chulería, a su fanfarronería, a su narcisismo y a su completa apatía por empatizar con el alma del ser humano. Si banalizamos el mal (si lo convertimos en algo “natural”, que ocurre sin más y contra lo que no nos podemos rebelar), no nos libramos de la responsabilidad, sólo nos convertimos en seres más mediocres.
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La fábula del Pequeño Nicolás

31 de Octubre de 2014

 

francisco-nicolas_9863c165_800x490Localidad de L’Alfàs del Pi, en el Día Nacional de Noruega. El entonces presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, visitaba el municipio para presidir un evento, en una emblemática plaza, junto con el Primer Ministro noruego (de éste, discúlpenme, no recuerdo el nombre), ante la nutrida comunidad de noruegos que viven en esa localidad.

Como periodista acreditado, llego temprano, me dirijo hacia el lugar donde me recibe el personal de seguridad que, con profesional meticulosidad, revisan la bolsa en la que llevo la grabadora y el micrófono, me pasan un detector de metales por el cuerpo y, libre de sospechas, me entregan mi credencial. Otros compañeros entraron cuando yo salían a sufrir el mismo ritual.

Mi sorpresa vino cuando, al llegar junto a la tarima destinada a los medios de comunicación, en la plaza veo, con asombro, las mochilas de mis compañeros apoyadas, sin haber pasado por revisión alguna, en los trípodes de las cámaras de televisión que cubrían el asunto. Justo frente a un pasillo que daba acceso directo al estrado donde, minutos después, estarían los mandamases. Me pregunté, entonces, y sigo haciéndolo ahora, qué garantías reales tenía el Presidente Zapatero de que, cualquiera, dejase convenientemente su mochila junto a las nuestras y luego, bajo la mirada tranquila de sus escoltas, haciéndose pasar, pongamos, por fotógrafo, acercarse lo suficiente a los dirigentes políticos como para perpetrar un atentado. Afortunadamente, no ocurrió.

Viene esta anécdota (gracias por la paciencia), a colación de lo ocurrido, mucho más recientemente, con “el pequeño Nicolás”, sobrenombre de cuento infantil que no indica, bien a las claras, lo preocupante del fondo de la cuestión.

El Pequeño Nicolás entró en la guarida de los lobos pero, en lugar de devorarle, se acercaron mansamente a comer de sus manos, a seguirle y guardarle las espaldas, esperando que les condujera, cual nuevo macho alfa de la manada, a escalafones de mayor éxito (quiero decir, dinero), a manadas con mayor fuste (quiero decir, con más comisiones disponibles) y a lobos de mayor prestigio (quiero decir, mejor colocados). Y tanto anduvo el Pequeño Nicolás entre los lobos, que un día descubrieron que no era uno de ellos y, unos, escandalizados, le arrojaron de su boca como al agua tibia (bíblicos ellos), otros le negaron tres veces y hasta cuatro si fue necesario, diciendo no conocerle y el Pequeño Nicolás, de repente abandonado y solo, fue apresado por los tramperos y alejado de la cueva de los lobos.

41cP1k6pCBL._SX335_BO1,204,203,200_A mi modo de ver, más que preguntarnos, que también, si este nuevo Fantomas sin máscara, maestro del “cuento largo” (como dicen en su jerga los timadores) y nuevo pícaro insigne, tenía padrinos que le hubieran permitido acceso fácil a tanto evento del PP y la Corte Real o todo se debió a su inteligencia de fabulador con carisma, debemos preguntarnos qué falla en el sistema de seguridad de los dirigentes políticos de nuestro país como para que “cualquiera” pueda acercarse tanto a poco que se lo trabaje y tenga las intenciones que tenga.

No estamos, pues, ante una anécdota más o menos divertida, como quieren hacer ver algunos, ni ante un desdichado error puntual. No es “sólo” una muestra más de nuestra idiosincrasia de charanga y pandereta, ni un esperpento que deba quedarse en alimento fugaz de los medios, ansiosos de algo de color y aburridos de tanta corruptela y tanta crisis. Estamos, más allá de todo eso –insisto, que también-, ante un fracaso de las fuerzas de inteligencia de este país que han probado que, con un poco de simpatía, fachada y descaro, hasta un niño puede burlarles.

Y una cosa más, que sí he escuchado en algún lado. La “fábula del Pequeño Nicolás” tiene, como todas las fábulas, su moraleja. Y es que seguimos siendo ese país, de “¡agua va!” y honras hacia afuera y gentes que pretenden medrar “arrimándose a los ricos”, como el joven Lázaro. Ese país, que ya éramos en el siglo que llamamos “de Oro”, aunque entonces, como ahora, el oro lo veíamos pasar, si lo veíamos, el vasallo era fiel a su señor, mientras le llenase el estómago, las revueltas se aplacaban con fuerza militar y las intrigas se tejían siempre al margen de la ley, en los pasillos de palacio, con el beneplácito de los poderosos.